Cerró el clásico restaurante de la gastronomía porteña tras 83 años de historia: PIPPO


Creado en 1937, fue lugar de encuentro de personalidades de la cultura, la música y el espectáculo. No superó los cinco meses de cuarentena: 25 empleados se quedaron sin trabajo. El adiós a una parte de la tradicional comida porteña y el fin de la era de los vermicellis con tuco y pesto. 

La pandemia arrastró al rubro gastronómico hacia el abismo. El take away y el delivery representan un porcentaje minúsculo, apenas un placebo para soportar la cuarentena. En esta caída estrepitosa del sector, una nueva víctima: Pippo, un ilustre restaurante del paisaje metropolitano. Fundado en 1937 cuando la avenida Corrientes era de doble mano, el presidente era Agustín Pedro Justo y el Obelisco tenía apenas un año de vida, se convirtió en “una tradición porteña”, como presumían en sus redes sociales. Decían que el restaurante era un espectador vivo de la historia del país.

 

Sus propietarios les informaron a sus 25 empleados que ya no volverán a abrir. Sus teléfonos fijos no suenan y los mensajes de Whatsapp para encargar comida no tienen respuesta. En sus redes sociales, la actividad cesó hace varios días. Lo único que se renueva es la súplica de sus clientes habituales. Pippo se volvió tendencia en Twitter, donde famosos y no famosos se encargaron de difundir la noticia con un nítido sesgo de nostalgia.

 

Primero se ubicó en el Nuevo Mercado Modelo, donde actualmente se encuentra el Paseo La Plaza, sobre Sarmiento, entre las calles Montevideo y Rodríguez Peña. Cuatro años después, en 1941, se mudó a la vuelta para establecer alrededor de Montevideo 341 un polo gastronómico que solía convocar a estrellas del varieté y la farándula porteña. El restaurante trasnochaba por la demanda: cerraba a las seis de la mañana y al otro día abría pasado el mediodía.


A lo largo de la historia hubo cuatro locales con la firma Pippo. Con el cierre de su casa original, solo se mantiene en pie el restaurante de la calle Paraná 356, fundado en 1967


Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Tato Bores, Horacio Acavallo, Ringo Bonavena, el Mono Gatica, el Loco Gatti, Palito Ortega, Raúl Portal o los más actuales, Gastón Gaudio, Andy Kusnetzoff, Marcelo Tinelli. Sus distinguidos comensales lo endiosaron. Se transformó en un lugar de culto con un respeto sagrado por las tradiciones: los vinos en pingüino y los sabores clásicos atravesaron generaciones. Los que despiden a Pippo también lloran a los vermicelli con tuco y pesto, el plato de la casa por excelencia.



Una de las imágenes que recuerdan con nostalgia el crecimiento del tradicional restaurante del centro porteño

“¿Podés imaginar por un momento cómo era Buenos Aires, cómo eran estas mismas calles en 1937? ¿Y a la hora de comer la gente haciendo cola en Pippo, para disfrutar sus famosas pastas y parrilla? Un papel donde garabatear una idea, un teléfono, un proyecto, un negocio, o un sueño. Como en casa, con la pasta casera, un buen vino y la mejor carne argentina”, definieron sus responsables. Las palabras con las que se describieron hoy duelen: “Los tiempos corren, pero Pippo sigue manteniendo su identidad, a pesar de los años, sin que lo esencial cambie. La calidad de la materia prima, la abundancia y la elaboración propia de las pastas; comer comida casera, un ambiente íntimo, informal y cómplice, características que siguen siendo parte del sello Pippo”.



Primero se llamó "Parrilla Pippo" y estaba ubicada a la vuelta del lugar donde se instaló definitivamente en 1941

El portal BAE Negocios recordó una anécdota que el presidente Alberto Fernández contó en una entrevista a Página/12. Dijo que a los 16 años, mientras almorzaba con su padre en Pippo, ambos se asombraron al ver a un hombre comiendo fideos con la mano. Estaba Luis Alberto Spinetta sentado junto a Pappo, el hombre que se servía la comida con sus manos. “Me levanté a saludarlos porque yo los conocía de los recitales. Pappo me dijo ‘qué hacés, Alberto’ y volví a la mesa”, reveló el mandatario, quien luego le contó a su padre que eran sus amigos.

 

Martín Caparrós narró una anécdota en su cuenta de Twitter: “Me dicen que puede cerrar Pippo, uno de los restoranes más clásicos de Buenos Aires. Ojalá que no. Allí presenté, en 1986, mi primera novela, ‘No velas a tus muertos’, en De la Flor”. El comentario estaba acompañado por una foto en blanco y negro que lo reunía a él con su juventud y con Beatriz Sarlo, Debora Yanover y empleados del local.


El plato de pastas típico del lugar: vermicelli al tuco y pesto

Pippo había tenido una primera convulsión en 2015. Ese año se conoció un pedido de quiebra de parte de los dueños. El legendario restaurante resistió la bancarrota con otros propietarios. La firma ya había distribuido otros comercios con el mismo nombre por el centro porteño. Un segundo Pippo se abrió en el local contiguo al de Montevideo 341 que terminó fusionándose con el original. En 1967 se fundó el tercer Pippo y el único que se mantiene en pie en la actualidad: sobrevive en Paraná 356, con una carta más amplia en carnes y pasta. También hubo un cuarto Pippo, ubicado en Callao y Santa Fe, pero cerró sus puertas en 2007.

 

Había cumplido 83 años el último 2 de junio. Aquel día, en plena pandemia, celebraron su cumpleaños con un sentido mensaje en sus redes sociales. “Pippo son los vermicelli, el tuco y pesto, un buen corte a la parrilla, los manteles de papel, el lugar de la primera cita, el lugar para juntarse con los amigos, el lugar de almuerzo, la pausa de trabajo. (...) En estos tiempos difíciles queremos valorar más que nunca la posibilidad de trabajo y nuestro deseo es que nunca falte. Que quien tenga la ilusión de hacer su negocio pueda apostar y verlo crecer y transformarse en parte de la historia de alguien, porque eso también es Pippo, un poquito de la historia de todos”.

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