Tres hombres son juzgados por el brutal crimen de dos hermanos


El caso sucedió en cercanías del parque Camet en marzo de 2017. Tres hombres participaron de una noche de sangre y fuego para apoderarse de la cocaína que los hermanos Romero guardaban para la venta.

Los hermanos Romero vendían droga en las inmediaciones del Parque Camet. Luis (50 años) era quien se encargaba de comercializar la cocaína y su hermano Marcelo (43) de acopiarla. Una noche de marzo de 2017 esos asuntos desencadenaron una traición y ambos fueron asesinados, en uno de los casos más violentos de los últimos tiempos vinculados al mundo del narcomenudeo.

Este lunes Ezequiel Sánchez (32), Antonio Báez (56) y Leonardo Uriarte (33) comenzarán a ser juzgados por el Tribunal Oral N°3 a partir de la investigación hecha por el fiscal Juan Pablo Lódola, que los considera coautores de los dos homicidios.

Pero habrá una persona que podrá corroborar toda la hipótesis del fiscal y que atravesó una situación de vida o muerte aquella noche del 9 de marzo de 2017. Se trata de Rocío Martínez, la pareja de Luis Romero, la principal testigo que además de haber visto los dos crímenes a punto estuvo de ser una víctima más, ya que recibió un disparo en la cabeza luego de una bizarra propuesta de uno de los imputados.

Los jueces Juan Manuel Sueyro, Mariana Irianni y Fabián Riquert tendrán esta semana delante suyo la reconstrucción de un episodio arrebatado, de submundo, en el que el deseo de poder y la codicia se cofunden, incluso, con otro de posesión machista de una mujer.

Martínez, su concubino Luis Romero y el hermano de éste Marcelo habían regresado esa noche tras cenar en la casa de comidas El Ceibo. La pareja se fue a la casa que compartían en Frenguelli 6080 y Marcelo a 500 metros de allí, a Calabrese 4557.

Cerca de las 22.40 los perros en la casa de Luis Romero empezaron a ladrar y la mujer se asomó. Identificó a “Pico” Báez y a “Chanchi” Uriarte, a los que conocía de antemano. Incluso semanas antes habían estado con su pareja en el cumpleaños de la hija de Báez. A Sánchez no alcanzó a verlo.

Según la hipótesis del fiscal Lódola basada en el testimonio de la mujer, Romero salió a recibirlos y a los pocos segundos regresó con Báez y Uriarte. En la calle había quedado la bicicleta de “Chanchi” y el Ford Escort a cuyo volante estaba Sánchez.

El trasfondo

Rocío Soledad Martínez de 36 años estaba en la casa con Luis Alberto Romero, su pareja con la que en los últimos 6 años habían tenido un crecimiento económico gracias al impulso de un negocio peligroso e ilegal: la venta de drogas. En verdad, ella no desconocía la situación, pero quien vendía era él.

Romero tenía 50 años y contaba con su hermano Marcelo, de 43, para sostener el empredimiento pujante y activo. En ocasiones Marcelo, que vivía a solo unas cuadras de la casa de la calle Frenguelli, guardaba cocaína y hasta vendía.

Báez y Uriarte eran dos viejos conocidos que sabían de esta actividad y que querían apoderarse de la droga. También de la plata. Pero Báez, además, pretendía hacerse de lo que él consideraba otra “pieza de valor”: de Rocío Soledad Martínez. Suponía que el plan de matar a los Romero, convencer a la mujer y salir impune era algo posible.

Al menos eso es lo que intentará probar el fiscal Lódola ante el Tribunal. Buscará explicar que esa noche, Báez y Uriarte entraron a la casa junto a Luis Romero y se sentaron en el sillón. La mujer, pese a desconfiar, se fue hacia otro sector de la casa para realizar algunas tareas pero no hizo a tiempo. “No qué haces, soy tu amigo”, le reprochó Romero a “Pico” Báez tras las dos primeras detonaciones. Luego, según la mujer, “Pico” fue quien lo remató de dos nuevos disparos.

La hipótesis acusatoria sostiene que Rocío Martínez fue obligada a meterse en la cama y luego “Pico” y “Chanchi” le exigieron el dinero y la plata a cambio de no hacerle daño. Entonces ella le dijo que todo estaba en la casa de su cuñado. Eso cambió los planes de los asesinos, que decidieron cargar a la mujer en el Ford Escort e ir en busca del otro hermano Romero.

Ya en Calabrese 4557 los tres, Báez, Uriarte y la mujer ingresaron. La secuencia que se dio fue similar a la de minutos antes, con dos grandes diferencias: la primera es que Romero entregó 1,5 kilogramos de cocaína; la segunda es que Báez le ofreció a Rocío Martínez estar juntos y que la iba a “mantener como una reina”.

Esa propuesta se la hizo en la habitación pero ante la negativa la llevó al baño, donde intentó besarla. Luego le disparó en la cabeza. El proyectil, increíblemente, no penetró más que en el cuero cabelludo. Segundos después, dos balas si penetraron un cráneo: el de Marcelo Romero, al que habían maniatado a una silla.

Los atacantes escaparon y desde la casa lindante, en la que vivía un policía, se hizo el llamado al 911 que permitió descubrir el brutal doble asesinato.

A “Pico” Báez la mujer lo acusó sin dudas, mientras que tanto a Uriarte como a Sánchez los reconoció.

El 25 de abril fue detenido Sánchez y a mediados de mayo fueron localizados y atrapados Báez y Uriarte.

La coartada inverosímil

Sánchez, el chofer de los asesinos según la hipótesis, intentó una coartada que los investigadores desestimaron por inverosímil.

Dijo primero que “Báez” lo había obligado a conducir hasta el encuentro con Uriarte en la casa de Luis Romero. Que al llegar le pidió que se quedara con el auto en marcha bajo amenaza de matarlo, porque sabía donde trabajaba y quién era toda su familia, a la que también iban a matar.

En su declaración ante el fiscal Lódola, Sánchez refirió que tras escuchar el disparo desde dentro de la casa vio salir a los Báez y a Uriarte con la mujer, y que debían ir a la otra casa a buscar la droga y la plata.

Pero la parte más increíble de su versión exculpatoria fue cuando aseguró que tras el hecho estuvo secuestrado durante un mes, tiempo en el cual fue torturado, golpeado y amenazado con armas. Que lo querían matar con un cuchillo y un hacha. Que una mujer, que según él era pareja de uno de los captores, lo desató y lo dejó escapar y que se dio cuenta que estaba en las playas de Miramar. Finalmente, dijo que salió corriendo y llegó a una estación de servicios de la zona de Constitución, donde los playeros le prestaron el teléfono para hacer una llamada.

Sus dichos fueron desmentidos sin demasiado esfuerzo investigativo: Rocío Martínez declaró que Sánchez nunca había sido amenazado. También el fiscal probó que todos conocían de antemano y habían coincidido en el cumpleaños de la hija de Baez, y que durante el mes que estuvo “secuestrado” usó su Facebook en varias oportunidades. Además que no existió tal llamado desde algún teléfono en la estación de servicio de Constitución y la Costa.
LA CAPITAL

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